Cosas que no tienen repuesto

Este artículo comenzó con un cariz algo político, pero luego de mucho leerlo, decidí que no me interesa darle ese tono, ya que creo que trasciende las políticas y es una cuestión humana. Propia de un mundo cambiante, un mundo fascinante, un mundo lleno de atrocidades pero también de maravillas, un mundo que, al menos a mí, no me alcanzan los 100 años que pretendo vivir para ver, disfrutar y conocer. 

Y es en ese mismo mundo donde a veces da la sensación de que vamos todos mirando nuestro propio ombligo. Y en esta visión tan tan acotada de la realidad, da la impresión de que todo vale. 

Pero para mí no todo vale. Para mi hay cosas que requieren un análisis y compromiso exhaustivo. Hay cosas con las que no se puede jugar, porque como dice la canción “no tienen repuesto”. Y una de estas “cosas que no tienen repuesto” es lo que está tanto en boca hoy en día: “el interés superior del menor”. ¿Realmente alguien sabe lo que esto significa?

Su definición jurídica es la siguiente: “conjunto de acciones y procesos tendentes a garantizar un desarrollo integral y una vida digna, así como las condiciones materiales y afectivas que permitan vivir plenamente y alcanzar el máximo de bienestar posible a las y los menores…”

Y claro, esto en sí mismo exige un análisis muy muy exhaustivo. 

Y aquí es donde voy a mi puntito minúsculo dentro de la grandeza de “el interés superior del menor”. La educación. No. Lo voy a hacer aún más minúsculo: el paso por el colegio (que no es lo mismo que tooooooda la educación que es, por supuesto, muchísimo más amplia). 

Llevo muchos años trabajando con familias de personas con alguna alteración en sus funciones. Y los últimos años, concretamente con familias de personas con discapacidad – de leve a moderada/grave. No conozco a ninguna que no quiera que sus hijos estén “integrados” en la sociedad. Es más, todo lo que hacen y dejan de hacer, es para intentar garantizar esa integración. Y os puedo asegurar que es un proceso doloroso. Y como profesionales debemos sostener, argumentar y proponer desde la validez científica y clínica. Y a veces los mensajes no son “bonitos”. 

Como profesional me ha tocado hablar de muchas cosas incómodas con las familias. Me ha tocado tener conversaciones duras en las que decirle a un padre que su hijo probablemente no hable nunca y haya que buscar otro modo de comunicación. O que no podrá ir al mismo colegio internacional que su herman@  porque precisa otro modo de aprender. O que ahora no es el mejor momento para inscribirlo en primer grado en el colegio a la vuelta de casa porque precisa que se estimulen todos esos pre-requisitos necesarios para acceder al aprendizaje formal y que el resto de alumnos de ese colegio ya ha adquirido. O que no puede ser ingeniero y vamos a trabajar duro para que pueda acceder a un programa profesional adaptado. 

Hay familias que, con lágrimas en los ojos, aprenden a ver las posibilidades desde otra óptica – algunas llegan a descubrir que hay miles. Y hay otras para las que en ese momento soy la peor de todos los profesionales del planeta (con la gran mayoría de estas familias, a día de hoy tengo una excelente relación). Pero a lo que voy, es parte de esta profesión. Hay que ser serios, poner las cartas sobre la mesa, brindar oportunidades sin dar falsas expectativas, trabajar muy muy duro para conseguir el máximo siempre, acompañar, sostener, aprender.  Para mi estas “cosas no tienen repuesto” y me tomo muy en serio “el interés superior del menor”. Y para ello hay que volar alto, pero sin olvidarnos de apoyar los pies en la tierra. 

¿Alguien alguna vez se tomó el trabajo de observar a cada uno de sus alumnos o pacientes y empujar sus habilidades? ¿Alguien alguna vez se tomó el trabajo de conocer centros o espacios que acompañen en ese desarrollo? ¿Alguien alguna vez se tomó el trabajo de conocer de cerca las posibilidades que puede brindar una educación especial? ¿Y de contrastarlas con las posibilidades de ese mismo niño mediante la vía ordinaria? Y más aún, ¿de valorar pros y contras de una atención especializada a edades tempranas? Eso señores es parte del interés superior del menor. 

No me creo que a día de hoy volvamos al típico dibujito del profesor diciendo que el examen consiste subir al árbol y en él participan un mono, un elefante, un pez… ¿De verdad nos hemos quedado estancados allí? ¿De verdad hay alguien que piensa que un único profesor puede atender las necesidades del mono, el pez, el elefante y un largo etc de particularidades? 

A mi entender, para decidir y proponer, hay que conocer, informarse, analizar cada una de las posibilidades. Cosa que se hace muy poco en este mundo que va a toda pastilla. 

Entonces, si de verdad vamos a poner “el interés superior del menor” por delante de todo, hagámoslo con conciencia. Porque la infancia, la educación, el acceso a oportunidades, la construcción de la autoestima y el autoconcepto… son cosas que no tienen repuesto. 

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