Detección precoz ¿Porqué es importante?

Este artículo viene a colación del anterior. Se ha hecho tan “famosa” la frase de que cada niño tiene su propio ritmo, que cada niño madura a su tiempo, que la hemos malinterpretado y tendemos a aplicarla a todo. Es el chivo expiatorio perfecto para no ver.

Muchas veces es cierto que un niño se “toma su tiempo en demostrar que ha desarrollado una habilidad”. En ese caso es maravilloso porque no hay más que estimularle y animarle en casa con algunas pautas puntuales durante un tiempo relativamente corto. Pero otras, existe un retraso evidente que es preciso intervenir con algo más de cautela o especificidad.

Pero claro, ¿cómo lo sabemos? Es imposible ser magos y saberlo a ciencia cierta. Y también es muy complicado como profesionales no alarmar a las familias o, por el contrario, darles un mensaje de calma absoluta cuando no estamos seguros de lo que está sucediendo. Por otro lado, como profesionales nos llenamos la boca diciendo que el diagnostico debe ser precoz y la intervención apropiada y pronta.

Es aquí cuando entra en escena la valoración a conciencia y completa. Aquella que nos permite conocer el funcionamiento del niño, aquella que nos permite vislumbrar los procesos neurológicos que están en juego en determinada etapa y en función de determinadas adquisiciones… Como digo siempre, es la punta del ovillo desde donde comenzar para desarrollar, mejorar o mantener funciones. 

Tanto el médico como el terapeuta necesitan de estas evaluaciones y cada uno cuenta con herramientas propias para evaluar desde su campo. El médico desde el punto de vista anatómico, morfológico y fisiológico para llegar a un diagnóstico clínico utilizando pruebas estandarizadas de imagen o de exploración y el terapeuta desde un punto de vista funcional para llegar a un diagnóstico funcional utilizando test estandarizados.

Muchas veces no se puede llegar a un diagnóstico claro y preciso, con nombre y apellido. Sobre todo en edades tempranas, porque el sistema nervioso del niño está en constante evolución y cambio. Pero si mediante el uso de estas pruebas se logra describir, en ese momento preciso y de manera objetiva, el nivel funcional del niño en términos de funciones ejecutivas, nivel madurativo, cognitivo, de lenguaje, comportamental, adaptativo, de aprendizaje…en definitiva, de cómo funciona este niño en el entorno con las herramientas que posee.

Y es aquí, al margen del nombre y apellido del trastorno (si lo hay), donde hay que ponerse manos a la obra.

Muchas veces el diagnóstico clínico tarda en llegar – la ciencia médica está en constante evolución pero aún nos queda mucho por aprender sobre nuestro cuerpo, sobre todo nuestro cerebro. Otras no llega hasta la adultez o, en algunos casos, no llega nunca. Pero eso no significa que debamos esperar. Si conocemos las potencialidades, debilidades, fortalezas y dificultades del niño, es donde debemos intervenir.

Y cuando estas funciones se intervienen de manera específica a edades tempranas, el proceso re/habilitador es mucho más efectivo. Y el gap existente entre un niño con dificultades y otro que no las tiene, se va haciendo cada vez más pequeño.

Estoy segura que alguna vez habéis escuchado hablar de “plasticidad cerebral”. Pues este fenómeno natural maravilloso permite que si se interviene de manera temprana, las funciones se hagan más apropiadas, cercanas a la normalidad o se desarrollen herramientas para que el niño pueda desenvolverse con la mayor autonomía posible. 

Para aquellos que no hayan escuchado el término de plasticidad cerebral intentaré explicarlo de manera sencilla.

El cerebro está formado por una serie de estructuras interconectadas entre si mediante un sistema de “carreteras” maravilloso que son las neuronas y sus conexiones sinápticas. Al igual que en cualquier entramado de carreteras, cuando hay “atasco” o está estropeada alguna vía, debemos encontrar el modo de conectar un punto con otro utilizando otra carretera. Igualmente, si una estructura está “rota”, el edificio de al lado puede dejarle espacio para que los trabajadores desarrollen su función en otro sitio. Pues esto es plasticidad. Moldear el cerebro de manera tal que las estructuras o conexiones alteradas puedan funcionar en otro sitio.

Lógicamente no siempre es posible lograr este desarrollo, o que el funcionamiento sea igual de eficiente, pero se intenta que sea lo mejor posible para que el niño logre la máxima autonomía. Dependerá de la magnitud del daño por supuesto, pero la edad en la que se inician “los trabajos de reparación” es también un factor muy importante.

Ahora bien, es importante mencionar que el cerebro es plástico durante casi toda la vida. Pero hay edades críticas – la primer infancia, hasta los 6 años aprox. – en la que esta plasticidad es mayor. Y es que a edades tempranas, el cerebro está aún en formación, analizando y recibiendo todos y cada uno de los estímulos que recibe del exterior. Y es esta etapa la que debemos aprovechar.

Asique ya sabemos, hay que aprovechar esta plasticidad durante las edades tempranas para crear conexiones, desarrollar funciones y contribuir al neurodesarrollo. Es por ello que, aunque no contemos con un diagnóstico claro, si hay una dificultad hay que intervenirla.

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