¿Nos estamos pasando?

Desde hace algunos años no paro de pensar que el recuerdo que van a tener mis hijos de mi es que voy corriendo como el conejo de Alicia en el país de las maravillas “llego tarde llego tarde”.

Os relato mis tardes: sal a toda prisa del trabajo para recoger a los niños del cole. Lleva a uno a sus clases de teatro y, con un intervalo de 15 minutos, el otro debe llegar a fútbol. Claro que en el medio, mientras ellos están ansiosos por contar aquello asombroso que pasó en clase o en el patio, tu les entregas “algo” para merendar mientras les respondes automáticamente “que bien cariño pero ahora ponte esta camiseta”. Una vez que has llevado a los dos a sus actividades, tienes 20 minutos para encender el ordenador en el coche y escribir ese informe que tienes que entregar, o el correo que no puede esperar. Y sales otra vez a recoger a uno y al otro.  Ya estoy cansada, y eso que aún no he llegado a la parte del baño, cena, tareas, leer mínimo 15 minutos, “pelear” porque quieren jugar o ver un capítulo de sus dibujos favoritos y todo ello antes de las 9 porque deben acostarse pronto que dormir es importante para el buen desarrollo cognitivo.

Ya en el sofá, en “mi momento de gloria” como le llamo, me digo que es momento de leer ese libro tan interesante que empecé hace…, ver esa serie que tanto recomiendan, disfrutar un momento con mi pareja. ¿Pero qué sucede? ¡Sorpresa! ME QUEDO DORMIDA EN EL MINUTO 5 y a la mañana siguiente se enciende el interruptor y a correr otra vez.

Y es cuando me regaño a mi misma, me obligo a poner el freno y preguntarme: ¿Cuándo nos hemos vuelto tan locos? ¿Desde cuando no hay tiempo para jugar, leer o disfrutar de la nada misma? ¿Realmente debemos aprender a tocar el violín, hablar inglés y chino, hacer un deporte de competición, hacer tareas durante hora y media, cenar sano y además no gritar si el niño no se quiere ir a bañar? ¿No nos damos cuenta de que estamos todos agotados y necesitamos mirarnos, escucharnos, abrazarnos y contarnos lo que nos ha pasado en el día? ¿Qué estamos enseñando de verdad a nuestros hijos?

No digo aquí que no están bien las actividades extraescolares, o el trabajo, o las tareas. Simplemente digo que nos sobrecargamos de actividades y, lo que es peor, nos sobrecargamos de exigencias en lugar de disfrutar de la responsabilidad, de la actividad, del aprendizaje y del crecimiento.

Últimamente se habla mucho de inteligencia emocional, de crianza respetuosa, de valores. Pero ¿es esto un añadido extra a todas las exigencias que ya tenemos o somos verdaderamente conscientes de lo que estos conceptos significan e implican? ¿Realmente estamos preparados para este cambio, para comprender lo que implica y ser agentes de cambio?  

Hay una película muy divertida que se titula “El día del sí”. Mis hijos mueren porque tengamos un día del si. Mi marido y yo estamos aterrados de “decir si”. Pero a veces me pregunto ¿a qué le tememos realmente? ¿Cuál es el peligro de disfrutar y “desmadrarse” con ciertos límites y sin dejar de lado las responsabilidades esenciales? ¿Por qué no podemos reescribir las prioridades y tener nuestro día del sí?

Otra pregunta recurrente en mi cabeza: ¿realmente escucho lo que necesitan mis hijos? ¿Realmente escucho lo que yo necesito?

Este artículo no es más que una reflexión en voz alta. Una reflexión que invito a que os hagáis.

Por mi naturaleza inquieta no puedo dejar de correr así como así, pero ahora me permito ir andando a cámara lenta los viernes, sábados y domingos. Y os puedo asegurar que el café de la mañana sabe distinto.  

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.